Estaba allí, serena, tranquila, mirando al horizonte mientras una de sus manos escondía del aire aquella carta que había escrito; le contaba que dormía en sus sueños, que despertaba en el aliento de su mirada, que era la sombra que nadie conoce...
Y yo, agazapado tras los cristales, la contemplaba en silencio, queriendo estar en sus noches y en sus madrugadas, pero ¿a quien le escribía ella?